Un brindis final
Un capítulo de "Pasajes sonoros: Escritos sobre música, vol 1", AZ, 2024.
Deberían inventar el botón de karaoke epistemológico. Un dispositivo fantástico. Podrían venderlo en supermercados o por correo. Siempre a precio razonable. Inventan tantas porquerías y no inventan las cosas que necesitamos. Es difícil de entender.
Este sencillo ingenio te permitiría apartar algunas convenciones para escuchar canciones, que es la forma predominante de la música de tradición popular. La asignación de significados es inevitable. Suele efectuarse mediante operaciones lingüísticas sobre la superficie de la canción: su significado corresponde a lo que entendemos que dicen las letras, a la manera en que las proyectamos sobre la biografía de quien las escribió o de quien las interpreta, o sobre algún contexto social e histórico de interpretación, o sobre tu propia biografía, o sobre tu propio contexto de escucha. Por eso los álbumes traen una transcripción de las letras y no de las notas y los acordes; por eso los dispositivos de servicio de transmisión de música no sólo te ofrecen las letras sino que además le suman una traducción automática. Y está bien. Las palabras importan. No se puede presionar el botón de karaoke y quitar las palabras cantadas de la canción. O sí, se puede, aunque sólo para regresarlas al lugar del que las quitaste con tu propia voz. Lo cual puede no ser una gran idea. Especialmente para quienes tendrán que escucharte.
Las palabras, como parte de la estructura musical y por intermedio de las voces que las interpretan, conjugan un significado que condiciona la escucha. Pero puede darse un paso en otra dirección. Es posible pensar en eso al escuchar una canción de What We Saw From the Cheap Seats, el sexto álbum de estudio de la compositora, pianista y cantante Regina Spektor, publicado en 2012. La canción se llama “The Party”. Las palabras son precisas. Los significados se asientan con facilidad y condicionan lo que estás escuchando, el modo en que lo estás escuchando, en una estructura musical diseñada para que esas palabras provoquen un sentido y no otro. Para que lo intenten, cuando menos, a sabiendas de que no lo conseguirán: esa es la condición de la comunicación humana.
“The Party” es una canción acerca de compartir un momento de conexión con otras personas. Habla de una fiesta a la que alguien te arrastra, una tocada improvisada en el pasillo del edificio, un cumpleaños, un festejo de Año Nuevo, un gran desfile en la ciudad, una celebración donde todo el mundo ríe y baila y canta y se divierte y la pasa realmente bien. Es también la historia más vieja de esta música, una historia que ya era vieja mucho antes de que esta música existiera: vivir tu vida sin preocuparte por las consecuencias de tus acciones, y lo que ocurre después, cuando las consecuencias de tus acciones finalmente te alcanzan. Puede glosarse con el significado asignado a otra canción, pues, en los álbumes de Spektor, como escribió la periodista Micaela Ortelli a propósito de Fetch the Bolt Cutters, el disco de 2020 de la cantante Fiona Apple, “las historias se mezclan, los personajes conviven; las canciones son frases escritas hace años, pensadas hace más, vividas hace más”. La canción es “Older and Taller”, del disco Remember Us to Life, el séptimo álbum de estudio de Spektor, publicado en 2016, que dice: “Y los días, eran más largos/ Y las bebidas, eran más fuertes/ Las palabras, las cantamos mal/ Pero las canciones fueron recordadas/ Y el tiempo simplemente pasó”.
Eso introduce la nota melancólica. “The Party” es también una canción acerca de pedir otra ronda y de brindar por lo que se considera importante: los nombres que borramos, los caminos que recorremos, los amigos que perdimos, los recuerdos que no podemos enfrentar. Pero hay que escuchar la música en sí misma, sacando las palabras, o pretendiendo sacarlas, como si presionaras un botón de karaoke que convierte cada sistema anatómico de fonación en un instrumento cuya producción de significados no está estructurada por las limitaciones de la lingüística, como si de las palabras pudieras conservar una orientación significante amplia (otra ronda y otro brindis), sólo por cortesía a quienes las escribieron, pero debieras encontrar el significado en las conjugaciones entre timbre, ámbito y vibrato, quitando de la ecuación a Ferdinand de Saussure y a sus colegas lingüistas, y entonces permitir que los elementos mismos de la música —ritmo, intensidad, densidades, texturas, intervalos, etcétera— te hagan entender de qué se trata la canción, o de qué podría tratarse, o de qué quisieras que se trate. Imaginate que la música de tradición popular no corriera detrás del arte figurativo, o en cualquier caso, que corriera en su dirección pero se perdiera a mitad de camino. Para eso sirve el botón de karaoke epistemológico.
En serio, deberían venderlo en los supermercados.
El brindis es un ritual, una serie de acciones prescriptas en el seno de una tradición, y por serlo está cargado de reglas, sanciones, burlas, quiebres y trivialidad. Un brindis puede ser muchas cosas: una rutina cansada o un acto de esperanza. Trastocado por la canción, que a su vez está trastocada por otra canción, el brindis es un sentimiento inesperado de reconocimiento y humildad, una sonrisa, un deseo, una broma compartida en un momento de comunión. En los mejores pasajes de “The Party” —una canción articulada alrededor de un piano que de repente apareció en medio de un desfile callejero, la banda marcha a su alrededor, la percusión es estruendosa, alegre y pueblerina, un sonido creado por muchas personas escuchando y deseando al mismo tiempo, un sonido que aumenta hasta convertirse en el único mundo posible para ese piano— se puede oír eso, en especial hacia el final, cuando la canción ya es enorme, ocupa toda la ciudad, y está preparada para la entrada triunfal de la sección de vientos metal, que será gigantesca, decenas de trompetas, trombones, trompas y tubas llenando el espacio sonoro de la canción, pero en lugar de eso obtiene el remedo del sonido de una corneta, hecho con los labios apretados y una sonrisa, que suena todavía más gigantesca que la sección de vientos metal más gigantesca que puedas haberte imaginado. Es una broma, pero es en serio, y está trastocada por la nota melancólica, y en ningún lado puede entreverse mejor que en algo que dice el sheriff Walter Longmire, al final de Castigo para los buenos, la novela de 2007 de Craig Johnson: “Me incliné hacia delante acodado en mis rodillas con el libro entre las manos. Como tantas otras cosas en mi vida, el libro se había estropeado, pero estaba desgastado con cariño, y no hay mejor desgaste que ese. Quizás todos somos como esos coches usados, herramientas rotas, prendas de ropa vieja, discos rayados y libros carcomidos. Quizás la mortalidad no existe, quizás la vida se limita a consumirnos con amor”.
El brindis es como la textura de esa corneta imaginaria que uno toca mientras barre el piso, distraído, o tarareando en el ascensor, súbitamente alegre porque tuvo un buen día. El brindis es lo opuesto al orador cejijunto que se pone de pie, golpea con una cucharita su copa, pide la atención de los presentes y recita palabras solemnes en honor a grandes ideales. Sólo un tarado brindaría por dios o por la patria o por el presidente de la nación. El brindis es un momento de intimidad, la posibilidad de decir en voz alta lo que se desea o lo que se añora, o simplemente la primera pavada que se te pasó por la cabeza. El brindis tiene siempre una distorsión pero nunca es deshonesto. Se puede brindar por protocolo, porque la vida está llena de protocolos y ya no vamos a cambiar al mundo, pero cuando se brinda en serio nunca acaba de brindarse en serio, y por eso la vida, además de estar llena de protocolos, está llena de misterios y de sorpresas y de cornetas que no son cornetas sobre un fondo de tambores y bongos, y todo esto, al final del día, es lo que sí cambia el mundo.
Y por eso brindamos. Por el trecho andado y por el trecho por andar, por los muertos y por los vivos y por los héroes que compusieron las canciones de nuestra adolescencia punk. Brindamos por las herramientas rotas, las prendas de ropa vieja, los discos rayados y los libros carcomidos, por las frases escritas hace años y pensadas hace más y vividas hace todavía más. Por el significado, por la comunicación humana y por el botón de karaoke epistemológico en las góndolas del supermercado. Por los proyectos y por los desengaños, por las lecciones que aprendimos y por las que jamás aprenderemos, por los buses que nos llevan a buscar las historias que todavía no nos contaron, por el futuro, que no está escrito, por quienes ya no están y por quienes acaso algún día vuelvan. Por la música que escuchamos y por la música que escucharemos. Por las palabras, a las que cantamos mal, y por las canciones, a las que todavía recordamos, y por los rituales, los protocolos, las sorpresas y los misterios, por todo lo que se estropeó con cariño y por el tiempo que pasó, también brindamos por eso.
Y esto es todo por este año. El texto de arriba está tomado de Pasajes sonoros, vol. 1, reproducido aquí sin autorización, explicaciones ni culpas. Gracias por la lectura.
Que tengan un gran 2026 y la mejor de las suertes.



